Frankenstein
Contraportada:
Mary Shelley empezó a gestar esta novela en el verano de 1816, un verano lluvioso y sin apenas sol. Tal vez estas circunstancias extraordinarias propiciaran este relato de terror, en el que no solo se cuenta la historia del joven científico Victor Frankenstein y su "demoníaca criatura", sino que se abordan temas fundamentales de la naturaleza humana plenamente vigentes en la sociedad actual.
Este libro estaba abandonado en la estantería del almacén de mi pueblo, esperando a alguien con ganas de leerlo y disfrutarlo.
La novela contaba con unas espectaculares ilustraciones que me hacían mucho más amena la lectura (y eso que me podía quedar mirándolas durante largo rato). La portada era un dibujo del engendro a todo color, pero no como el que todos conocemos (verde), sino amarillento, como el color de la piel muerta; de ojos acuosos y oscuros, cansados ya de ver, y pelo que, de estar en otra cabeza, podría haber cautivado con su tono negruzco.
Inquietud y curiosidad, nada más ver la tapa, es muy buen augurio.
En un principio, oyes “Frankenstein” y piensas… terror, pero no es así. Yo veo un tema mucho más presente en la actualidad, la intolerancia y la falta de aceptación social por el aspecto. Es cierto que contiene matices de horror, pero ¿qué novela no cuenta con ellos? Incluso en una familia feliz, la madre tiene miedo de perder a sus hijos.
La parte del libro más espectacular, en mi opinión, es el final, en el que se descubre que no todos los “monstruos” tienen corazón de piedra.
La lectura es algo más pesada de lo que acostumbro a leer, pero ¿qué se podía esperar? Es del siglo XIX, y transcurre de forma distinta a las historias de ahora, además está completado con los pensamientos éticos de la autora, con poemas y sutiles recomendaciones de libros que, a su forma de ver (ya que lo expresa en el libro mediante los personajes), son joyas de la literatura.
Mi personaje favorito no ha sido ninguno de los dos protagonistas, Víctor (o doctor Frankenstein, el verdadero causante del título) y su creación, sino un personaje secundario lleno de alegría: Henry Clerval, gran amigo del doctor Frankenstein. Más que nada porque era el único realmente feliz, como un cálido abrazo en una ráfaga de desgracias. Al contrario de Henry, Víctor me ha resultado un hombre nervioso y con falta de reacción ante las situaciones de estrés.
La escritora plasma con precisión los escenarios y lugares en los que se desarrolla la historia, transportándote y sumergiéndote en ellos.
Las emociones en este libro pasan de la inquietud a la tristeza, pasando por una profunda desesperación. Solo se tiene un respiro al principio de la obra, cuando Víctor Frankenstein aún no ha decidido jugar con la vida y la muerte. Y en el final se puede llegar a sentir alivio, por cómo ha terminado todo, o ternura, de la cual no explicaré la razón para no destriparos el libro.
Este libro ha sido plagiado multitud de veces por autores de todos los tiempos y estilos, pero no he leído ninguno de ellos, y creo que me decepcionarían, seguramente destrozan la historia, al igual que sus adaptaciones al cine y al cómic.
Me gusta leer por la tarde, después de comer, pero, en los casos inquietantes (como este libro) o de terror (que no es el caso de la novela, como he declarado antes), prefiero hacerlo por la noche, hasta que las sombras adopten formas amenazadoras. La parte del libro que más te turba es la de las muertes, perfecta para leerla en ese momento del día en el que el solo desaparece.
A Mary W. Shelley le preguntaría cómo puede tener esas ideas tan maravillosas que, según me ha contado mi tía, surgieron del aburrimiento en un verano encerrada en casa.
PUNTUACIÓN: Le doy un 9 sobre 10, porque la historia es magnífica, pero falta pulirla un poco, la autora tenía 18 años cuando empezó a escribir esta obra.
RECOMENDACIÓN: Para chicos y chicas a partir de los quince.
~psdata~

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